Lo que duele es la indolencia

La situación del país es dolorosa para las familias que la viven y para los policías y militares que la enfrentan pero más aún lo es el ver que a las autoridades parece no ser nada que valga la pena atender porque es lo de todos los días o porque tienen sus propias prioridades.

Gracias a las nuevas tecnologías de la información, ya sea por qué seguimos los medios de comunicación a través de sus aplicaciones móviles o porque nos enteramos en la redes sociales, todos nos enteramos de la masacre de un grupo de policías que fueron emboscados en Aguilillas, Michoacán, buena parte de nosotros casi recién ocurridos los hechos.

Como si se tratara de uno de esos guiones que Epigmenio Ibarra produjo en administraciones anteriores donde la ficción presentaba a un gobierno coludido o impotente ante la delincuencia: al mismo tiempo que masacraban a los policías, el secretario de Seguridad Pública, Alfonso Durazo Montaño, presumía un punto de inflexión en el índice de delitos dolosos en el país.

La realidad se confrontó contra el discurso oficialista y lo avasalló, devolvió al Presidente y su equipo al México de la cotidianidad, al que existe fuera de la cortesanía de Palacio Nacional, así lo reconoció la propia secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero quien afirmó que la emboscada en Aguililla fue una “circunstancia” como la que se da todos los días en el país; tristemente tiene razón, este tipo de noticias se han vuelto el acontecer de todos los días.

En este momento no hay elementos para poder determinar si los hechos de Aguililla, Michoacán, pudieron o no evitarse; deja mucho qué pensar de la inteligencia policial el hecho de que un grupo armado tenga capacidad de organizar y ejecutar una emboscada de estas dimensiones sin que nadie esté enterado o si quiera tenga la mínima sospecha; más aún que no haya existido una capacidad de respuesta inmediata para apoyar a los elementos bajo ataque.

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Pero supongamos que el hecho no pudo evitarse; los elementos que cayeron en el cumplimiento de su deber se defendieron con lo que pudieron, con lo que se les había provisto para combatir a la delincuencia, a los grupos criminales que disputan a punta de balazos los municipios michoacanos que al día de hoy están identificados en el Cartel Jalisco Nueva Generación, La Nueva Familia Michoacana, el Cártel de Tepalcatepec y el Cártel de Zicuirán, incluyendo a un oficial de tránsito de Morelia que apenas contaba con un arma corta.

Después vino la ofensa el insulto y el desprecio por parte de las autoridades. Primero nos encontramos con la lamentable imagen que dio la vuelta al mundo: los ataúdes de los policías que hicieron frente a la delincuencia organizada colocados sobre ladrillos y sillas; ajenos a los soportes tradicionales que se utilizan para estos casos simplemente porque las familias no pueden pagarlos.

Mal armados, mal pagados, mal protegidos y quizás hasta con un adiestramiento mínimo, estos hombres y mujeres hacen frente, todos los días, a situaciones en las que seguramente muchos de nosotros no quisiéramos estar nunca y por si eso no fuera suficiente, ni siquiera se les tuvo la mínima consideración de una condolencia, una guardia de cuerpo presente o un reconocimiento presidencial o gubernamental. Nada.

Los policías michoacanos recibieron el último adiós por parte de sus familias, de sus amigos, de sus compañeros y claro que eso generó el malestar, el enojo y el repudio hacia el presidente Andrés Manuel López Obrador, hacia el gobernador Silvano Aureoles Conejo y hacia todo aquel que simplemente prefirió no acudir por temor a los reclamos, a las exigencias de justicia, a las palabras que les tenían preparadas esposas e hijos de los asesinados en la emboscada de Aguilillas.

Habrá quienes digan que “el Presidente López Obrador” lamentó los hechos de Aguililla y tienen razón, pero lamentar el hecho no es lo mismo que lamentar la muerte de los policías; lamentar el hecho significa que lamenta que existiera el enfrentamiento no sus consecuencias; tampoco hubo condolencias para los familiares y además hace una declaración absurda que a cualquier familiar, amigo, compañero e incluso cualquier policía o miembro de las fuerzas armadas que combate a la delincuencia en su día a día pudo sonarle a burla “creo que vamos a lograr la paz”.

Duelen las muertes, los desaparecidos que todos los días saturan los muros en las redes sociales, los familiares que los buscan o entierran; duelen las noticias sobre la situación del país, sobre la cada vez más común circunstancia del robo de cualquier tipo; duele escuchar cada vez más veces “bueno, al menos estás vivo”; duele sentirse impotente, indefenso y enojado, cada vez más enojado.

Duele saber que eso no es tema para quien nos gobierna, que no es prioridad, que para ellos lo más importante es que se haga su voluntad, “vencer a sus adversarios”, duele ver a los militares cuidando el automóvil del Presidente para que la gente, lo que él llamo “El Pueblo” no se le acerque a decirle que no quieren un aeropuerto en sus tierras. Duele la actitud del gobierno, de los gobernantes, de quienes nunca estarán en medio de un robo o secuestro, duele su desinterés, duele el abandono… duele la decepción, duele la indolencia… sobre todo, la indolencia que muestran porque significa que entonces, ya todo está perdido

Ahora solo nos queda enterrar a los muertos y protegernos entre nosotros mismos, cuidarnos; sí, los buenos somos más pero estamos en pésimas condiciones y parece que, no siendo suficiente, nos quieren en peores situaciones y eso sí, es lo que más duele.

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