Renuncia de Carlos Urzúa revela el lado (más) autoritario de López Obrador

Los días siguientes a la renuncia del ahora exsecretario de Hacienda, Carlos Urzúa, han permitido saber qué pasó en la relación con el Presidente como para que se rompiera una relación que parecía de absoluta confianza; los hechos arrojan un panorama desalentador: autoritarismo, necedad y un gobierno disfuncional que no tiene claro cuál es el objetivo al que se dirige

El ahora exsecretario de Hacienda y Crédito Público del gobierno federal, Carlos Manuel Urzúa García, presentó su renuncia al presidente Andrés Manuel López Obrador, acusando toma de decisiones de política pública “sin el suficiente sustento” e influyentismo, lo que no gustó mucho al mandatario quien, a regañadientes, aceptó la renuncia.

Mucho se ha dicho en estos días respecto a lo que se vio y se vivió en el momento de la renuncia, los rumores respecto a las acusaciones del exsecretario y las especulaciones sobre lo que se puede venir para la dependencia que ahora queda en manos de Arturo Herrera y en general para el país en un momento en el que está a días de confirmarse la recesión en la que todos los analistas han confirmado, ya nos encontramos.

De origen la carta de renuncia de Carlos Urzúa es lapidaria para la administración de la 4T; dos párrafos fueron más que suficientes para desmentir que las cosas hayan cambiado o que, siquiera, haya posibilidades de que pudieran cambiar.

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La primera de ellas: “en esta administración se han tomado decisiones de política pública sin el suficiente sustento” va directamente y sin remedio en contra del Presidente, el propio López Obrador lo confirma al aceptar que no estaba de acuerdo con el Plan de Desarrollo presentado por Urzúa y que a final se terminó imponiendo el que él mismo había hecho.

Es decir, López Obrador reconoció, abiertamente, que su gente presenta propuestas de lo que es mejor para el país pero que si no le gustan a él o considera que no van en el sentido de lo que quiere, pues simplemente las desecha y hace las propias; una forma muy peligrosa de gobernar porque entonces no hay claridad sobre hacia donde vamos, más allá que los deseos del mandatario.

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Aunado a ello se reafirma la contradicción que mantiene a la economía mexicana en una constante incertidumbre desde que López Obrador asumió el poder: por un lado se vanagloria de que el Senado ratificara el nuevo Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá (TMEC) que fortalece el libre comercio, uno de los pilares de la política neoliberal; y por otro lado se ufana de rechazar un Plan de Desarrollo porque da continuidad a las políticas neoliberales de gobiernos anteriores.

Jesús Reyes Heroles decía que “en política, la forma es fondo” y por ello es muy importante saber cuál es el fondo que dio pie a esa forma de salir por parte de un hombre que el 1 de diciembre era considerado uno de los más cercanos al Presidente, si no el que más. La respuesta la encontró la revista Eje Central que en su artículo principal de esta semana revela “Los últimos días del secretario”, un trabajo que reconstruye los hechos que llevaron a la ruptura y el ya conocido desenlace.

Según el texto, coincidente con lo que declara Urzúa en su carta de renuncia, fue la gente de Alfonso Romo la que mantenía inoperante la Secretaría de Hacienda (como muy probable seguirá con la llegada de Arturo Herrera, ya que tampoco forma parte del equipo del jefe de la Oficina de la Presidencia); desde la banca de desarrollo, el Servicio de Administración Tributaria (SAT) y la Oficialía Mayor, la Secretaría de Hacienda estaba reducida a la inoperancia, la renuncia era obligatoria.

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Pero lo más peligroso de todo este entramado es la forma de operar de López Obrador, deja ver que en la Presidencia hay un hombre autoritario y necio que no tiene el menor recato en imponer su voluntad personal ante las evidencias y los hechos; a pesar de que Banxico, Inegi, bancos y calificadoras, entre otros, han demostrado que el país ha entrado en recesión, él insiste en negarse a verlo y, por lo tanto, en atenderlo.

Las formas en la renuncia de Carlos Urzúa a la Secretaría de Hacienda nos revelan un fondo de miedo: en este gobierno la cosa es muy sencilla “con AMLO todos, sin AMLO nadie”, así de simple. Los cercanos a él, los que le hablan al oído, solo le dicen lo que el “Mesías de Macuspana” quiere escuchar so pena de ser relegados, exiliados e incluso, como en el caso del exsecretario, acusados de ser parte de ese grupo ficticio que inventó para llegar a la Presidencia y que sigue usando para mantener su cada vez más débil credibilidad.

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Es preocupante encontrarse con que la persona que está tomando las decisiones del país no escucha las advertencias, se impone a las opiniones de los expertos, descalifica al que piense diferente y se aferra a una idea de “transformación” que no ha sido capaz de comunicarle concretamente al resto del país y del mundo para saber con precisión cuál esa visión suya que está imponiendo y hacia dónde nos va a llevar.

La necedad del Presidente aunada a la demostración de autoritarismo en el manejo del poder pinta un escenario muy peligroso para la situación del país en un momento coyuntural en el que la situación mundial arroja un panorama muy complejo; sin una idea clara de hacia donde vamos, solo queda esperar que la realidad no le de un portazo en la nariz a Lopez Obrador y, en su caída, nos arrastre a todos con él.

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