Me Too Uaeméx, esto es para ti que te atreviste a denunciar…

Cuando te dedicas al periodismo por tantos años es extraño cuando llegas a una página en blanco y no sabes qué decir, por dónde comenzar, desde dónde abordar el tema, y es que no se trata de algo sencillo.

Desde ayer y parte del día de hoy he estado leyendo la cuenta en Twitter @MUaemex y sigo casi sin poder creerlo. Las historias que cuentan las alumnas y exalumnas de la Universidad Autónoma del Estado de México, de la Uaeméx, de mi escuela, del lugar donde yo estudié y donde aprendí lo que hoy sé, son de horror y; sin embargo, me suenan tan comunes.

Lo más triste es que no se trata de la primera vez que las escucho. Ingresé a estudiar en la Uaeméx en 1993, algunas de las denunciantes apenas habían nacido cuando yo estaba entrando a la preparatoria y ya se escuchaban en los pasillos de la escuela estos relatos de acoso.

Jóvenes que se acercaban a sus compañeros porque un maestro les había hecho insinuaciones o incluso tocamientos más que inapropiados, indebidos; que llegaban a pedir nuestro consejo como si nosotros supiéramos qué hacer pero sin tener a nadie más a quién acudir porque sentían, sentíamos, que nadie más les creería.

Vienen a mi mente los rostros preocupados de compañeras que a lo largo de la preparatoria y los estudios de licenciatura contaban lo que algún maestro les decía, las hostigaba, las presionaba e incluso las amenazaba para acostarse con ellos; resuena en mi cabeza la voz de alguna de ellas: “dice que si no lo hago, de su cuenta corre que no termino la carrera”.

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Me lleno de coraje, de rabia, por no saber en su momento qué hacer o cómo actuar; por no poder decirles que iríamos a romperle la madre a esos pendejos por lo que les estaban haciendo; porque estaba tan mal en tantos niveles sin ser nosotros capaces de verlo porque era, también, tan común.

Y siguen llegando las historias a la cabeza, como el de un compañero que no aprobó la materia y entonces su reacción fue alcanzar a la maestra en el estacionamiento de la prepa, hostigarla, presionarla, atemorizarla para que le cambiara la calificación… y nadie hicimos nada más que intentar calmarlo y llevárnoslo a otro lado, sin defenderla, sin hacer que se disculpara con ella porque ella no tenía por qué aguantarlo a él y sus frustraciones.

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Pensábamos que era normal, que estaba bien porque era lo que era, porque pasaba en la escuela con nuestros maestros y ellos siempre buscaban lo mejor para nosotros (o eso queríamos creer), pero también había un poco de cobardía de nuestra parte, teníamos temor de que al alzar la voz, al reclamar, al denunciar; todos los participantes perderíamos aquello por lo que habíamos luchado, porque cuando estás en la escuela eso crees o eso te hacen creer; en cierta forma, éramos una universidad de cobardes.

Hoy alguien se atrevió a alzar la voz, a denunciar, y junto a ella muchas más, varias más que se van sumando a contar sus historias de terror personales; se vuelve terrible, más aún espantoso, saber que alguien fue víctima de acoso en la preparatoria, en la carrera y hasta en la biblioteca central, frente a un tipo que sin ser más que un empleado se atribuía poder en ese espacio para hacer lo que le diera la gana. Y vuelve la rabia y el coraje por no habernos dado cuenta en su momento y por haberlo normalizado, porque al haberlo hecho fuimos parte cómplice también del abuso.

Hoy alguien se atrevió a alzar la voz, a decirnos a todos que eso esta mal, que no debe ser, que nadie ni hombre ni mujer, ni alumno ni maestro, ni trabajador ni secretaria deben ser víctimas de acoso en su escuela o lugar de trabajo; porque no se trata de una relación de afinidad o de amor, se trata de una situación de poder y dominación y nada más, porque en su miserable vida ese minúsculo momento en el que impunemente pueden acosar se sienten miserablemente, ínfimamente, poderosos.

Hoy alguien se atrevió a alzar la voz, ha hecho pública su denuncia pero aún con miedo, aún bajo el anonimato, bajo la consciencia de que hacerlo de manera abierta implicará sanciones o tendrá repercusiones por parte de una universidad que ha institucionalizado el abuso, el acoso y el hostigamiento; porque cada vez que una denuncia aparece como anónima en ese timeline es una afrenta a las autoridades universitarias por su incapacidad o impotencia para garantizar que una denuncia con nombre y firma pueda ser presentada.

Hoy alguien se atrevió a alzar la voz aunque lo ha hecho desde la oscuridad, porque tiene miedo de que la vean, de que la identifiquen, de que la juzguen, de que no la entiendan cuando debería ser al contrario, cuando deberíamos ser nosotros los avergonzados por no actuar, por dudar de ella, por no querer creerle cuando sabemos que le creemos, por quedarnos sentados, callados, en ese silencio cómplice no de la víctima sino del victimario; descalificando sin siquiera investigar porque ni eso se hace.

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Hoy más que nunca antes, me avergüenzo de ser egresado de la Uaeméx, me avergüenzo de no haber alzado la voz cuando debí hacerlo, me avergüenzo de no haber podido ser más que el oído que escuchaba sin convertirme en la mano que actuaba, me avergüenzo de quienes fueron mis maestros o mis compañeros y hoy aparecen en esa cada vez más larga lista de acosadores que encontraron en la Universidad un refugio para sus bajezas.

La historia no cambia hasta que alguien llega y hace un cambio. Eso es lo más valioso de lo que están haciendo quienes hoy se atreven a alzar la voz o administran esa cuenta para permitirles que lo hagan, están iniciando un cambio que no se debe detener, que debe continuar, que debe crecer, que debe llegar hasta sus últimas consecuencias, consecuencias que no deben ser negativas para las víctimas sino para los victimarios.

Hoy escribo para mi, para reprocharme por no hacer nada cuando tuve la oportunidad de hacerlo, para decirme que no debo permitir que esto siga pasando, para reclamarme por no haber alzado la voz cuando era lo menos que debía hacer, cuando lo hice por cosas menos importantes, realmente mucho menos importantes.

Hoy escribo para quienes ya no estamos ahí pero sabemos que muchas de las cosas que se están contando son ciertas, que esas historias han existido en la Uaeméx desde hace muchos años y que ya es tiempo de que se terminen de una vez por todas; para quienes las vivieron les digo: denuncia. Ya no estás en la escuela, ya no te pueden dar de baja; de hecho, es muy probable que ya estés en lo profesional mucho más arriba que lo que ellos están dentro de esa burbuja universitaria: denuncia.

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Narra los hechos, da los nombres de tu agresor, más aún si todavía sigue en la que fue tu escuela posiblemente haciéndolo con otras u otros, es por ellos pero también por ti. Redáctalo en una carta dirigida a los consejos académicos y de gobierno de tu exescuela y al Consejo Universitario, firma tu denuncia para darle el peso de tu nombre, de lo que eres hoy, hazlo valer; tú ya estás muy lejos del alcance de un maestro pero hay quienes todavía no.

Más aún, si desde donde estás ahora, desde tu trabajo, crees que puedes ayudar: ayuda. No te quedes sentado o sentada mirándote las manos sabiendo que puedes hacer algo, no dejes que el miedo te siga paralizando, date cuenta que ese miedo solo está en tu cabeza porque ahora estás lejos de su influencia; ayuda a quien vive lo que tú viviste, te insisto es por ellos pero también por ti, y tú lo sabes.

Hoy escribo para esta generación de estudiantes de la Uaeméx, a los que durante los últimos años han guardado silencio ante las realidades de su día a día, ante las “estafas maestras” que ocurren en cada salón en el que un “docente” les pide dinero, favores o cosas para pasar el curso, a los que tienen miedo de que les quiten la matrícula o los reprueben si denuncian o a quienes no quieren ser tachados de rebeldes porque entonces nadie los contratará después; a ustedes les digo: tomen el control.

Tomen el control de su escuela, ya no le permitan el acceso a esos maestros que ustedes saben que ensucian el nombre de la institución, que no merecen ser llamados maestros universitarios, niéguense a tomar clases con ellos, demuéstrenles que por muy buenos que sean no son insustituibles porque además de todo, no lo son; porque ellos dependen más de ustedes que ustedes de ellos, porque a las universidades las engrandecen sus alumnos; el renombre deviene de quienes estudiaron en sus aulas y no de quienes enseñaron en ellas.

Tomen el control de las aulas y no permitan que nadie que no merezca estar ahí las pise; tomen el control de las escuelas exigiendo mejores maestros porque los hay; tomen el control de sus vidas haciéndose responsables de sus acciones y también de sus omisiones porque quizás el mundo en que viven sea el que les dejaron pero eso no significa que tenga que ser el que ustedes deban dejar.

Hoy escribo para los que son maestros en toda la extensión de la palabra, para los que todos los días llegan a su escuela a querer educar y formar a mejores personas a los que conocen de estas historias pero prefieren callar para evitar tener conflictos internos porque la política universitaria es pequeña pero asesina; a ustedes les digo: dejen de guardar silencio cómplice, dejen de permitir que ocurra, no apoyen a quienes son acosadores porque son sus “amigos” porque ello significa que eres amigo de un acosador y lo sabes y se lo toleras, más aún, se lo autorizas.

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Un puñado de manzanas podridas puede ser que no pudran al resto, pero en definitiva hace pensar que ese cargamento es todo igual; sáquenlos de sus escuelas, no permitan que los consideren al mismo nivel que ellos, porque esta Universidad está plagada de extraordinarios docentes (podría decir que este texto es, en buena medida, resultado de lo que muchos de ellos sembraron en mi) pero que callan porque su vida, su estabilidad depende de ello, a ustedes les pregunto: ¿vale la pena guardar silencio sabiendo que hay estudiantes que sufren algo que deberían evitar? ¿Cómo pueden decir en sus aulas que ser universitario es tener un compromiso con la sociedad si no lo pueden tener ni con sus propios alumnos? ¿Se puede vivir sabiendo que las denuncias son reales y no exigiendo, al menos que se investiguen? Yo creo que no, por eso les digo: dejen de guardar silencio, dejen de ser cómplices.

Hoy escribo para ti, que te has atrevido a alzar la voz, que te has decidido a romper el silencio, que nos has hecho ver lo que estaba pasando justo frente a nosotros, que nos recuerdas que no es divertido ni debe quedar solo en la mera anécdota de la época escolar; a ti te digo: No te avergüences porque tú no debes sentir vergüenza por ser acosada; al contrario, debe ser tu acosador quien debe sentirla y vivirla hasta lo más profundo de su ser.

Te digo: no tengas miedo, primero porque es tu miedo de lo que ellos se valen para hacer esto, para aprovecharse de ti, tu miedo se los permite y eso significa que al terminar con tu miedo les quitas ese poder; ¡arrebátaselos! Denuncia y hazlo con tu nombre, deja que tu agresor sepa quién eres, deja que sepa que no le temes, deja que los demás sepan que no eres tú quien debe avergonzarse y segundo, porque no estás sola y esto es en muchos sentidos, hay más personas viviendo lo que tú vives y eso debe terminar, también porque habemos muchas personas que no lo hemos vivido pero que estamos dispuestos a apoyarte, a ayudarte, a no dejar que te sigan hiriendo porque de eso se trata, eso significa, ser social, ser empático.

Hoy quiero decirte que no solo te creo: creo en ti. Creo en que puedes lograr el cambio que buscas si te lo propones, si te decides; que puedes hacer lo que nosotros no pudimos en nuestro tiempo como estudiantes porque ni siquiera lo veíamos como un problema sino solo como algo que era y ya. Creo en ti, en que puedes hacer la diferencia, en que puedes ser el motor que mueva a esta Universidad hacia adelante y la saque de ese marasmo en que se estancó desde hace mucho tiempo. No te rindas, no cejes, no abandones, no te dejes intimidar; y si alguien intenta silenciarte: lucha, porque la vida desde el nacimiento es luchar por lo que quieres, por lo que mereces.

Pero principalmente hoy escribo para agradecerte por tu valor, por tu coraje, por tu determinación, por hacerme notar lo que no veía a pesar de estar frente a mí, por no quedarte callada, por alzar la voz, por ser ese cambio que necesitamos.

Yo te creo, creo en ti, estoy contigo y te apoyo.

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